La tabla de Youssef - D.VITRUBIO

La Tabla de YoussefNo conocí a Youssef Abed Berbekh en vida. No lo conozco hoy en día tampoco, más que por los diarios y por el símbolo de paz que lleva su nombre. Ni siquiera me permito copiarlo en mi mente, porque no existen fotos de su rostro. Me atrevo a decir que era un joven alegre de piel trigueña, con el pelo al rape, y que iba vestido con una prenda similar a una estola cuando encontró La Tabla. Quiero imaginarlo así. He viajado a Gaza en plan de periodista poco después de su restauración y, aunque recorrí cada centímetro del país, sólo he recogido algunos datos poco fiables; con ellos intentaré reconstruir esta historia. Aquí diré lo que la prensa mundial se niega a reconocer a pesar de los incontables testimonios. No podré evitar que parezca ficción. Vio una fina y alargada roca sobresaliendo entre el montón de piedras apiñadas en torno a la entrada de la mina. Tal vez jugando –contaba con seis años según afirman algunos; otros hablan de adolescencia-, tal vez sólo por una distraída curiosidad, se acercó. Tarareaba algo. Le generó un fugaz escalofrío la negrura que agujereaba la montaña; no había porqué, ya con haberse acostumbrado al enfermizo silbido de los misiles era suficiente para no temerle a nada. Un poco más arriba, el sol brillaba con intensidad. Los últimos pasos que lo separaban de aquella roca amarillenta y delgada, los hizo a trote. Tenía una forma rectangular y parecía como si el viento la hubiera revelado tras empujar alguna piedra bajo la que había permanecido oculta. La mina llevaba abandonada unos cuarenta años. Ahmed, el padre de Youssef, constantemente le advertía que no se acercara a aquel lugar; decía que era peligroso porque allí se escondían las almas que Alá no recibía en su cielo. Naturalmente, para Youssef, esto era rayano a lo incomprensible. Primero la rozó con el dedo índice. El contorno era suave, bruñido. Luego, invocando todas sus fuerzas, la desenterró por completo, provocando el derrumbe de algunas piedras pequeñas. Al hacerlo, un remolino de viento emergió de la cueva; su túnica flameó. El paisaje estaba sumido en un silencio de arena; miró en dirección a su hogar y se le antojó más lejano que nunca. Estaba solo, rodeado por algunas colinas pequeñas; más allá se extendía el desierto agobiante. Con La Tabla bajo el brazo, caminó poco más de un kilómetro y se sentó junto a una pared de roca. Se detuvo a examinarla cuidadosamente. En la fina piedra, sólo decía: “Velad por la paz de todos los hombres vivos”, el resto estaba en blanco. Youssef la dejó caer al piso cuando la vio resplandecer. En su pecho sintió un calor similar al de un sol; una voz le habló en tono imperativo: -¡Libéralos! –parecía proceder de la piedra. Como si el muchacho estuviera comandado por una fuerza superior, volvió a recoger La Tabla de la arena y caminó hasta la colina más alta de la ciudad de Rafah. Desde allí se veían Gaza, Israel y Egipto; fracciones de tres mundos. No bien llegó a lo más alto, la levantó por encima de su cabeza, de cara hacia el cielo; La Tabla brilló con intensidad sobrenatural. Poco después, tal vez al cabo de unas horas, comenzó el exilio. La guerra se libraba con salvaje encarnizamiento. Las tropas israelíes ocupaban la frontera Palestina y desperdigaban muerte. Los palestinos defendían el derecho a su tierra con el escudo de sus existencias. Hubo sangre; los civiles eran lo que había en el medio entre el abrazo del miedo y la muerte. “La tierra pierde almas”, dijo una mujer israelí. Un hombre de los suburbios de Gaza, había afirmado: “Al mundo ya no le quedan rezos”. Según ciertos testimonios, eran las cinco de la tarde, o poco más, cuando la luz los convocó. Dicen que el efecto fue inmediato, que la gente comenzó a salir de sus casas, provista de algunas pertenencias básicas, y caminó en procesión hacia Rafah. Israelíes y palestinos atravesaron campos minados, disparos, misiles… La cantidad de bajas fue inmensa, pero de eso hablaré en otro artículo; lo que quiero comunicar aquí es la parte fantástica del fin de la guerra. Tras dos largos días, Youssef se mantuvo con la piedra en alto, dos países de gente reunida en un páramo desierto, cercano a la frontera norte de Egipto. La gente rezó por las almas perdidas; los pueblos no eran judíos ni musulmanes, eran seres humanos. Más de un millón de vidas estaba reunido allí. Youssef, inmerso en un profundo trance, dio media vuelta y condujo al malón hacia Egipto, que se vio obligado a despejar sus fronteras. El efecto fue mundial, aunque imposible de registrar en documentos trascendentales. Las cámaras que intentaban grabar a Youssef se dañaban y quedaban inutilizables; las pruebas de lo divino sólo serían verbales. Lo terrible sucedió poco después del cruce de frontera. Uno de los militares que custodiaban la base -Mahmoud Nabeel Ghabayen, hoy condenado a prisión perpetua-, disparó un lanzacohetes apuntando directamente hacía la luz. Pocos podían ver a la persona que cargaba con La Tabla, debido a la intensidad de los destellos. Youssef, como así una decena de personas más, se esfumaron de la tierra. Los cuerpos de esas personas que debieron haber muerto, directamente desaparecieron. Sólo persistió La Tabla, quebrada en varios pedazos y ya sin luz. Los países en guerra quedaron desiertos; los soldados que habían elegido continuar batallando inútilmente, en lugar de reivindicarse ante la paz de Dios, murieron sin pena ni gloria. Sus cuerpos fueron hallados en el interior de la mina abandonada en la que Youssef había encontrado La Tabla –esto me dio la pauta del hallazgo; es un cabo que intenté unir. Se ha demostrado que los pueblos son El Poder sobre toda arma, sobre todo interés ajeno al equilibrio de la vida. La Tabla de Youssef fue una paradigmática y sabia lección; aquella guerra la ganó la humanidad contra la guerra. —————————–Nota: Tanto Youssef Abed Berbekh, como el resto de los nombres que se incluyen en esta ficción, corresponden al de civiles asesinados en Gaza.
11 years, 6 months ago
Dejo las correcciones que me hice a mí mismo La Tabla de Youssef No conocí a Youssef Abed Berbekh en vida. No lo conozco hoy en día tampoco, más que por los diarios y por el símbolo de paz que lleva su nombre. Ni siquiera me permito copiarlo en mi mente, porque no existen fotos de su rostro. Me atrevo a decir que era un joven alegre de piel trigueña, con el pelo al rape, y que iba vestido con una prenda similar a una estola cuando encontró La Tabla. Quiero imaginarlo así. He viajado a Gaza en plan de periodista poco después de su restauración y, aunque recorrí cada centímetro del país, sólo he recogido algunos datos poco fiables; con ellos intentaré reconstruir esta historia. Aquí diré lo que la prensa mundial se niega a reconocer a pesar de los incontables testimonios. No podré evitar que parezca ficción. Vio una fina y alargada roca sobresaliendo entre el montón de piedras apiñadas en torno a la entrada de la mina. Tal vez jugando –contaba con seis años según afirman algunos; otros hablan de adolescencia-, tal vez sólo por una distraída curiosidad, se acercó. Tarareaba algo. Le generó un fugaz escalofrío la negrura que agujereaba la montaña; no había porqué, ya con haberse acostumbrado al enfermizo silbido de los misiles era suficiente para no temerle a nada. Un poco más arriba, el sol brillaba con intensidad. Los últimos pasos que lo separaban de aquella roca amarillenta y delgada, los hizo a trote. Tenía una forma rectangular y parecía como si el viento la hubiera revelado tras empujar alguna piedra bajo la que había permanecido oculta. La mina llevaba abandonada unos cuarenta años. Ahmed, el padre de Youssef, constantemente le advertía que no se acercara a aquel lugar; decía que era peligroso porque allí se escondían las almas que Alá no recibía en su cielo. Naturalmente, para Youssef, esto era rayano a lo incomprensible. Primero la rozó con el dedo índice. El contorno era suave, bruñido. Luego, invocando todas sus fuerzas, la desenterró por completo, provocando el derrumbe de algunas piedras pequeñas. Al hacerlo, un remolino de viento emergió de la cueva; su túnica flameó. El paisaje estaba sumido en un silencio de arena; miró en dirección a su hogar y se le antojó más lejano que nunca. Estaba solo, rodeado por algunas colinas pequeñas. Más allá se extendía el desierto agobiante.Con La Tabla bajo el brazo, caminó poco más de un kilómetro y se sentó junto a una pared de roca. Se detuvo a examinarla cuidadosamente. En la fina piedra sólo decía: “Velad por la paz de todos los hombres vivos”, el resto estaba en blanco. Youssef la dejó caer al piso cuando la vio resplandecer. En su pecho sintió un calor similar al de un sol; seguidamente, una voz le habló en tono imperativo: -¡Libéralos! –parecía proceder de la piedra. Como si el muchacho estuviera comandado por una fuerza superior, volvió a recoger La Tabla de la arena y caminó hasta la colina más alta de la ciudad de Rafah. Desde allí se veían Gaza, Israel y Egipto; fracciones de tres mundos. No bien llegó a lo más alto, la levantó por encima de su cabeza, de cara hacia el cielo; La Tabla brilló con intensidad sobrenatural. Poco después, tal vez al cabo de unas horas, comenzó el exilio.La guerra se libraba con salvaje encarnizamiento. Las tropas israelíes ocupaban la frontera Palestina y desperdigaban muerte. Los palestinos defendían el derecho a su tierra con el escudo de sus existencias. Hubo sangre; los civiles eran lo que había en el medio entre el abrazo del miedo y la muerte. “La tierra pierde almas”, dijo una mujer israelí. Un hombre de los suburbios de Gaza, había afirmado: “Al mundo ya no le quedan rezos”.Según diversos testimonios, eran las cinco de la tarde, o poco más, cuando la luz los convocó. Dicen que el efecto fue inmediato, que la gente comenzó a salir de sus casas, provista de algunas pertenencias básicas, y caminó en procesión hacia Rafah. Israelíes y palestinos atravesaron campos minados, disparos, misiles… La cantidad de bajas fue inmensa, pero de eso hablaré en otro artículo; lo que quiero comunicar aquí es la parte fantástica del fin de la guerra. Tras dos largos días, Youssef se mantuvo con la piedra en alto; allí, ante dos países de gente reunida en un páramo desierto cercano a la frontera norte de Egipto. Los pueblos ya no eran judíos ni musulmanes, eran seres humanos. Más de un millón de vidas había reunido allí, orando por las almas perdidas. Youssef, inmerso en un profundo trance, dio media vuelta y condujo el malón hacia Egipto, que, a regañadientes, se vio obligado a despejar sus fronteras. El efecto fue mundial, aunque imposible de registrar en documentos trascendentales. Las cámaras que intentaban grabar a Youssef se dañaban y quedaban inutilizables; las pruebas de lo divino sólo serían verbales. Lo terrible sucedió poco después del cruce de frontera. Uno de los militares que custodiaban la base -Mahmoud Nabeel Ghabayen, hoy condenado a prisión perpetua-, disparó un lanzacohetes apuntando directamente hacía la luz. Pocos podían ver a la persona que cargaba con La Tabla, debido a la intensidad de los destellos. Youssef, como así una decena de personas más, se esfumaron de la tierra. Los cuerpos de esas personas que debieron haber muerto, directamente desaparecieron. Sólo persistió La Tabla, quebrada en varios pedazos y ya sin luz.Los países en guerra quedaron desiertos; los soldados que habían elegido continuar batallando inútilmente, en lugar de reivindicarse ante la paz de Dios, murieron sin pena ni gloria. Sus cuerpos fueron hallados en el interior de la mina abandonada en la que Youssef había encontrado La Tabla –esto me dio la pauta del hallazgo; es un cabo que intenté unir. Así, se ha demostrado que los pueblos son El Poder sobre toda arma, sobre todo interés ajeno al equilibrio de la vida. La Tabla de Youssef fue una paradigmática y misteriosa lección; aquella guerra la ganó la humanidad contra la guerra.
———————————————————————————————————————-Nota: Tanto Youssef Abed Berbekh, como el resto de los nombres que se incluyen en esta ficción, corresponden al de civiles asesinados en Gaza.
10 years, 8 months ago
La tabla de Youssef¿No le falta algo a esta oración?: “Youssef se mantuvo con la piedra en alto, dos países de gente reunida en un páramo desierto, cercano a la frontera norte de Egipto.”La Tabla de Youssef fue una paradigmática y sabia lección; aquella guerra la ganó la humanidad contra la guerra. Repetición de guerra que suena fea.
10 years, 8 months ago
 

Buscar mensajes