La historia de mi madre - FLEURR

La historia de mi madre La historia que voy a contarles no es una historia de hadas; nada más lejano. Me gustaría decirles, si hablara de mi madre, que era dulce, protectora y que me arrullaba en sus brazos para que yo me durmiera. Pero si algo me caracteriza a esta altura de la vida, es que no miento. ¿Por qué escribo esta historia? No lo sé aún. Afuera nieva, y no me place otra cosa más que reunir en estas hojas todo lo que me contaron a lo largo del tiempo. Ojalá alguien me hubiera narrado alguna vez un cuento. De esos en los que hay duendes, ogros, y princesas rescatadas; pero seguramente cada uno tiene lo que le toca. Si se quedan a leer estas líneas, sólo les pido algo: no la juzguen; uno nunca sabe qué carta nos tiene guardada la vida. Dicen que mi madre era bella. Su piel era tan blanca, que parecía porcelana y una larga cabellera negra acompañaba el andar de su esbelto cuerpo, casi lánguido. Nunca hablaba demasiado, y muy pocos la vieron reír alguna vez, pero en lo que todos concuerdan, es en que mi madre tenía los ojos más tristes de este mundo. Cuando quedó embarazada de mí —nadie sabe cómo, ni cuándo, ni dónde— se volvió más silenciosa aún. Llevó su embarazo sola; pero lo que se dice realmente “sola”. Nadie entiende como jamás pidió ayuda en nada. Ni siquiera en mi parto. Sí, me tuvo sola sentada en la cocina. Cortó mi cordón con alguna tijera, lo anudó, y se recostó a descansar dejándome en la pileta de lavar. Lo sé porque mi llanto despertó a los vecinos, que fueron a ver que sucedía y se encontraron con tamaña escena. Allí comenzó el padecimiento de ella. Al ser tan delgada no tenía leche para amamantarme, y mis llantos la obligaron a salir a la calle a pedir limosna para poder darme algo de comer. Su aseo personal quedó relegado a un pasado, y de un día para otro pasó de ser una mujer medianamente humilde a ser una pordiosera. La gente del lugar comenzó a llamarla “la loquita” y perdió no sólo el respeto, sino incluso la misericordia de todos. Si alguien le daba una moneda, era sólo por lástima hacia mí. No debió pasar mucho tiempo hasta que la comunidad entera —esos pueblos costeros que resultan un infierno— comenzó a comentar la falta de higiene, salud y demás historias que padecía mi pobre humanidad. Estaba desnutrida y mal cuidada. Dormía en el piso de una estación de tren —ya nos habían desalojado del apartamento— y ni siquiera tenía ropa; vivía envuelta en unos trapos viejos que olían a orina de gato. Lo más extraño es que no me duele contarlo; en algún recóndito lugar, sé que fue lo mejor que pudo darme en ese momento. Por supuesto llegó el día en que todo cambió. Mi madre enfermó a causa del temporal de invierno, y un grupo policial la descubrió maltrecha en la estación con un bebé en brazos, igual de moribundo.La llevaron a un hospital, y cuando despertó, le informaron —como quién informa el estado del tiempo— que no volvería a verme nunca más. No grito, no lloró, no preguntó. Sólo levantó lentamente la mirada y, clavó sus ojos de pena en los del oficial. El mismo hombre juró luego, que nunca volvió a ser el mismo: fue como si esa mirada hubiera rasgado parte de su corazón irreparablemente. Los médicos del lugar le hablaron mucho. Le explicaron que tenía que quedarse, cuidarse, que padecía una neumonía muy fuerte; ella sólo los miraba. Al segundo día, nadie podía sostenerle la mirada: sólo verla traía las sensaciones más angustiantes que alguien pudiera sentir. Tenía, en ese par de ojos, metida la desesperanza. En la noche del tercer día, se escapó. Nadie sabe cómo salió entre las rejas de la ventana, pero teniendo en cuenta su extrema delgadez, no debería sorprender. Supongo que vagó toda la noche. Me gustaría decir que me buscaba, pero eso no puedo saberlo. Solamente sé que un grupo de pescadores la vieron caminar por la playa y, ellos afirman —no sin cierto temor— que sus pies no tocaban la arena, que “la loquita” flotaba. Se desplazaba en un letargo difícil de explicar, como si algo más poderoso que su voluntad la hiciese deslizar. Comentaban que una luz la rodeaba, la envolvía. Me gusta la idea de pensar que eran miles de luciérnagas que la acompañaban a su morada final. Porque mi madre caminó y no paró. No hacia el mar, no. Caminó a lo largo de toda la costa, o levitó, no lo sé. Pero nunca más nadie volvió a verla. O por lo menos, verla en forma corporal. Hoy, cincuenta años después, la historia de mi madre es tan conocida que gente de otros lugares viene sólo para oírla, y aventurarse en la noche con la esperanza de verla. Me preguntan qué siento; y yo les retruco la pregunta y les digo: “¿Qué sentiría usted?”; y, claro, quedan mudos. Porque es sencillo preguntar desde afuera, pero lo difícil es detenerse a pensar qué hubiera sucedido de haber nacido en otro lado, en otra madre, en otra circunstancia. Esta es mi historia, y la historia de mi madre. Hace unos años me contacté con una vieja solterona que vivía en el apartamento del lado, en el viejo edificio. Ella fue quien me dio el único recuerdo que atesoro y que hasta este momento no había revelado a nadie. Ella me contó que un día mi madre, embarazada, me cantó una canción. Sí, claro, para ustedes debe sonar una intrascendencia. A mí, ese recuerdo, me mantiene con vida y esperanza cuando, sentada en la arena en las noches de luna, un par de ojos tristes me miran desde el horizonte, iniciando luego, una vez más, su larga caminata hacia la soledad. Palabras: 989
11 years, 5 months ago
Luego de una corrección, quedó así. La historia de mi madre
La historia que voy a contarles no es una historia de hadas; nada más lejano. Me gustaría decirles, hablando de mi madre, que era dulce, protectora y que me arrullaba en sus brazos para que yo me durmiera.
¿Por qué escribo esta historia? No lo sé aún. Afuera nieva, y no me place otra cosa más que reunir en estas hojas todo lo que me contaron a lo largo del tiempo.
Ojala alguien me hubiera narrado alguna vez un cuento; de esos en los que hay duendes, ogros, y princesas rescatadas; pero seguramente cada uno tiene lo que le toca. Si se quedan a leer estas líneas, sólo les pido algo: no la juzguen; uno nunca sabe qué carta nos tiene guardada la vida.
Dicen que mi madre era bella. Su piel era tan blanca, que parecía porcelana; una larga cabellera negra acompañaba el andar de su esbelto cuerpo. Nunca hablaba demasiado, y muy pocos la vieron sonreír alguna vez, pero en lo que todos concordaban, era en que mi madre tenía los ojos más tristes de este mundo.
Cuando quedó embarazada de mí —nadie sabe cómo ni cuándo ni dónde— se volvió más silenciosa aún. Llevó su embarazo sola. Nadie entendió cómo jamás pidió ayuda en nada. Ni siquiera en mi parto. Sí, me tuvo sola sentada en la cocina. Cortó el cordón con alguna tijera, lo anudó, y se recostó a descansar dejándome en la pileta de lavar. Lo sé porque mi llanto despertó a los vecinos, que fueron a ver que sucedía y se encontraron con tamaña escena.
Allí comenzó su padecimiento. Al ser tan delgada no tenía leche para amamantarme, y mis llantos la obligaron a salir a la calle a pedir limosna para poder darme algo de comer. Su aseo personal quedó relegado a un pasado: de un día para otro pasó de ser una mujer medianamente humilde a ser una pordiosera. La gente del lugar comenzó a llamarla “la loquita”, y perdió, no sólo el respeto, sino incluso la misericordia de todos. Si alguien le daba una moneda, era sólo por lástima hacia mí.
No debió pasar mucho tiempo hasta que la comunidad entera —esos pueblos costeros que resultan un infierno— comenzó a comentar la falta de higiene, salud y demás historias que padecía mi pobre humanidad. Estaba desnutrida y mal cuidada. Dormía en el piso de una estación de tren —ya nos habían desalojado del apartamento— y ni siquiera tenía ropa; vivía envuelta en unos trapos viejos que olían como orina de gato. Lo más extraño es que no me duele contarlo; en algún recóndito lugar, sé que fue lo mejor que pudo darme en ese momento.
Por supuesto, llegó el día en que todo cambió. Mi madre enfermó a causa de un temporal de invierno. Un grupo policial la descubrió, maltrecha y con un bebé en brazos, igual de moribundo.
La llevaron a un hospital. Cuando despertó le informaron —como quién informa el estado del tiempo— que no volvería a verme nunca más.
No grito, no lloró, no preguntó. Simplemente levantó lentamente la mirada y, clavó sus ojos de pena en los del oficial. El mismo hombre juró, luego, que nunca volvió a ser el mismo: fue como si esa mirada hubiera rasgado parte de su corazón irreparablemente.
Los médicos del lugar le hablaron mucho. Le explicaron que tenía que quedarse, cuidarse, que padecía una neumonía muy fuerte; ella sólo los miraba. Al segundo día, nadie podía sostenerle la mirada: sólo verla traía las sensaciones más angustiantes que alguien pudiera sentir. Tenía, en ese par de ojos, metida la desesperanza.
En la noche del tercer día, se escapó. Nadie sabe cómo salió por entre las rejas de la ventana, pero teniendo en cuenta su extrema delgadez, no debería sorprender.
Supongo que vagó toda la noche. Me gustaría decir que me buscaba, pero eso no puedo saberlo. Solamente sé que un grupo de pescadores la vio caminar por la playa y, ellos afirmaban —no sin cierto temor— que sus pies no tocaban la arena; que “la loquita” flotaba. Se desplazaba en un letargo difícil de explicar, como si algo más poderoso que su voluntad la hiciese deslizarse. Comentaban que una luz la rodeaba, la envolvía. Me gusta la idea de pensar que eran miles de luciérnagas que la acompañaban a su morada final. Porque mi madre caminó y no paró. No hacia el mar, no. Caminó a lo largo de toda la costa, o levitó, no lo sé. Pero nadie la volvió a ver. O por lo menos, en forma corpórea.
Hoy, cincuenta años después, la historia de mi madre es tan conocida que gente de otros lugares viene sólo para oírla y aventurarse en la noche con la esperanza de verla. Me preguntan qué siento; yo les retruco la pregunta y les digo: “¿Qué sentiría usted?”; y, claro, quedan mudos.
Porque es sencillo preguntar desde afuera, pero lo difícil es detenerse a pensar qué hubiera sucedido de haber nacido en otro lado, en otra madre, en otra circunstancia.
Esta es mi historia, y la historia de mi madre. Hace unos años me contacté con una mujer solterona que vivía en el apartamento del lado, en el viejo edificio.
Ella fue quien me dio el único recuerdo que atesoro y que hasta este momento no había revelado a nadie.
Ella me contó que, un día, mi madre, mientras estaba embarazada, me cantó una canción. Sí, claro, para ustedes debe sonar una intrascendencia. A mí ese recuerdo me mantiene con vida y esperanza cuando distingo, sentada en la arena en las noches de luna, un par de ojos tristes que me miran desde el horizonte, iniciando luego, una vez más, su larga caminata hacia la soledad.
10 years, 8 months ago
La historia de mi madreCorrecciones y sugerencias Spoiler si hablara de mi madre – Lo correcto sería poner “hablando de mi madre”, porque de hecho hablás de la madre durante todo el relato, no tiene lógica ponerlo como condicional. Pero si algo me caracteriza a esta altura de la vida, es que no miento. – Esta aclaración me parece un poco fuera de lugar; tal vez si la reformulás quedaría bien. Como decir: “Antes que nada, antes de que digan cualquier cosa, sepan que a esta altura de la vida ya no estoy para mentiras”. No sé, me imagino que podría quedar mejor algo así. Su piel era tan blanca, que parecía porcelana y una larga cabellera negra acompañaba el andar de su esbelto cuerpo – Acá hacés dos tipos de descripción: una cercana y otra lejana. La primera coma habría que sacarla, y en lugar de “y” sería mejor poner punto y coma. la vieron reír – En todo caso, “la vieron sonreír”. nadie sabe cómo, ni cuándo, ni dónde – “nadie sabe cómo ni cuando ni donde” Llevó su embarazo sol – Te faltó completar “sola”; pero la oración debería ser: “llevó sola su embarazo”. Nadie entendió como jamás – “cómo” Su aseo personal quedó relegado a un pasado, y de un día para otro pasó de ser una mujer medianamente humilde a ser una pordiosera. – A ver así: “Su aseo personal quedó relegado a un pasado: de un día para otro pasó de ser una mujer medianamente humilde a ser una pordiosera”. comenzó a llamarla “la loquita” y perdió – “la loquita”, y perdió”. olían a orina de gato – Con decir “olían a orina” basta, el gato como que no tiene mucho que ver. Es más probable que huela a orina de bebé que de gato. Por supuesto llegó el día – “Por supuesto, llegó el día” enfermó a causa del temporal de invierno – “de un temporal de invierno”, porque no nos estás situando en un momento temporal específico. un grupo policial la descubrió maltrecha en la estación con un bebé en brazos – Acá parece como si el grupo policial viniera con un bebé en brazos a ver a la mujer, jajaja. “un grupo de policías la descubrió, maltrecha y con un bebé en brazos, en la estación”. La llevaron a un hospital, y cuando despertó, le informaron – “La llevaron a un hospital. Cuando despertó le informaron”. Sólo levantó lentamente la mirada y, clavó sus ojos – Hay un exceso de “sólo” en el texto, éste podrías reemplazarlo por “simplemente”. La coma habría que sacarla. El mismo hombre juró luego, que – “juró, luego, que” Nadie sabe cómo salió entre las rejas – “salió por entre las rejas” Solamente sé que un grupo de pescadores la vieron caminar – “un grupo de pescadores la vio” ellos afirman – “ellos afirmaron” o “afirmaban”, porque sucedió mucho tiempo atrás. la hiciese deslizar – “la hiciera deslizarse” Pero nunca más nadie volvió a verla. – Hay un pleonasmo con el uso de “nunca más” y “nadie”; yo pondría “Pero nadie la volvió a ver”. O por lo menos, verla en forma corporal. – “O, por lo menos, en forma corpórea”. Me preguntan qué siento; y yo les retruco – Sacaría la “y” Hace unos años me contacté con una vieja solterona que vivía en el apartamento del lado – Si la mujer ya era viejita cuando la nena era chica, tras cincuenta años podría declararse Highlander. Ella me contó que un día mi madre, embarazada – Fijate cómo queda así: “Ella me contó que, un día, mi madre, mientras estaba embarazada” A mí, ese recuerdo, me mantiene con vida – Eliminar las dos comas. y esperanza cuando, sentada en la arena – Convendría separarlo un poco: “y esperanza; más cuando, sentada en la arena”
10 years, 8 months ago
Muchisimas gracias amor por tus correcciones. Ahi le di duro y parejo y creo que quedó mucho mejor.
Ahora, una sola duda con respecto al final; me gustaría que lo leas, porque no hice la separación que vos me indicaste, porque pierde coherencia la idea. Si lo separo debería agregar algo mas, y no me da el margen de palabras.
Bueno, muchas, muchas gracias .
10 years, 7 months ago
Leyendo tu texto ya editado, veo algunas frases que tienen alternativas que podrían darle una mejor legibilidad al cuento…
primero me entra una duda, en mi procesador de textos aparece destacada la palabra nieva, como si estuviera incorrecta, y eso desaparece cuando la truco por “neva”. ¿cual será la correcta?
Sugerencias:
pero en lo que todos concordaban… pero en lo que todos concuerdan, es en…
—nadie sabe cómo ni cuándo ni dónde— —nadie sabe cómo, ni cuándo, ni dónde—
amamantarme, y mis llantos la obligaron a salir a la calle a pedir limosna para poder darme algo de comer. amamantarme, y mis llantos la obligaron a salir a la calle, a pedir limosna para poder darme algo de comer.
pasó de ser una mujer medianamente humilde a ser una pordiosera. …pasó de ser una mujer medianamente humilde, a ser una pordiosera.
—esos pueblos costeros que resultan un infierno— —estos pueblos costeros que resultan un infierno—
10 years, 7 months ago
Gracias Atonau por las correciones. Ya mismo hago una mirada en los puntos que me decís.
Saludos y gracias!
10 years, 7 months ago
 

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