El hospedaje - DIEGOTICO

Bueno, hice una nueva edición de mi cuento, modificando algunas cositas insignificantes. Me gustaría que sea sobre esta base la corrección.
Saludos.El hospedaje — Pase por aquí, señor, esta será su habitación hasta que pase la tormenta y restauren el servicio telefónico. Yo mismo me encargaré de llamar a la asistencia mecánica para que pueda seguir camino con su automóvil— el hombre lo invitó a pasar con un gesto servicial. Debía exceder el metro noventa con facilidad, sus ojos claros resaltaban en sus oscuras cuencas sin demasiado brillo. Laureano lo siguió, pasando bajo el dintel de la puerta. La habitación olía a abandono; el fuerte vaho de humedad rancia le irritaba la nariz, casi no se podía respirar allí.— Muchas gracias, espero que esta tormenta amaine pronto, y todo se solucione. No hay muchas personas que hospeden a extraños por aquí —dijo Laureano.— Es que no hay muchas personas por aquí, señor —contestó el anfitrión.La construcción era bastante antigua, había pertenecido a una familia de nobles que se había visto obligada a abandonar el lugar para huir de la peste, sólo que antes de dejarla intentaron incinerarla para que sus vestigios mueran allí para siempre. La peste había provocado estragos por ese entonces, lo que hizo de Villa San Diego un caserío casi inhabitado, visitado sólo por vehículos extraviados en la carretera principal. Laureano esperó a que el hombretón desapareciera cerrando la puerta tras de sí; se recostó en la cama con la ropa puesta, no confiaba en la sanidad de ese lugar. La única luz provenía de la vela y de los relámpagos que atravesaban la ventana enrejada en largos intervalos. Afuera la tormenta parecía estar lejos de calmarse. “Es sólo una noche, no hay de qué preocuparse”, pensó.Se acomodó lentamente en la almohada hasta que el cansancio lo venció: cerró los ojos y dormitó. Desde la ventana se percibía una fuerte lluvia en trazos diagonales; los vientos se tornaron más fuertes blandiendo las copas de los árboles. El ventanal cedió a la brisa y se abrió de un golpe, extinguiendo al instante la llama de la vela.Laureano despertó, y tardó unos segundos en confirmar que tenía los ojos abiertos; la habitación estaba totalmente oscura. Se puso rápidamente de pie y buscó a tientas la vela. No estaba. Afuera la tormenta parecía haber concluido, sólo el silbar del viento rompía el tétrico silencio. No veía siquiera sus manos a centímetros del rostro. El corazón le martillaba con fuerza en el pecho, un sudor frío le bajaba por la espalda. Trató de tranquilizarse. “Sólo debo encontrar la puerta”, pensó. Comenzó a tantear las paredes, siguiendo los ángulos. El olor a humedad se volvió más denso, viciando el clima hasta tornarlo agrio. Tuvo que contener el deseo de vomitar. Un ángulo. Dos ángulos. Tres ángulos. Siguió avanzando pegando las manos a las paredes, con la respiración entrecortada, protegiendo su rostro como podía para no chocarse con nada. Llegó a la esquina… “¡No puede ser!”, pensó. ¡La puerta no estaba! Comenzó a descontrolarse; los sollozos venías con fuertes espasmos. — ¡Señor! Se apagó la vela, ábrame la puerta, por favor —luchó en vano por controlar su voz. La respuesta jamás llegó. Trataba de avanzar, tanteando a ciegas la pared, dando trompicones—. ¡Señor! ¿No me oye? ¡Estoy encerrado! ¡Por favor!Afuera el silencio era sepulcral, sólo interrumpido por ráfagas de viento que susurraban como trágicos coros de un melodrama. Laureano perdió por completo la calma y comenzó a golpear las paredes, en busca de alguna salida.— Calma, sólo calma —pensó con voz—. La vela no debería estar muy lejos de aquí.Se puso en posición cuadrúpeda y comenzó a reptar buscando por el suelo: nada. Siguió gateando en la oscuridad hasta que dio de lleno con un peso muerto que osciló de un lado a otro como un pesado péndulo. Una vez detenida la inercia, tocó el bulto y reconoció la forma de dos piernas colgando a la intemperie. Laureano quedó paralizado; el temor inyectó una solución caliente que le escoció el pecho. Se puso de pie lentamente tratando de no rozar el cuerpo. Un relámpago hizo explosión en el cielo iluminando la habitación entera y por un segundo proyectó frente a él un retrato en grises de un rostro sin vida, colgando del extremo de una soga, apenas inclinado hacia un costado; sus labios rígidos simulaban una sonrisa. — ¡¡Aaah!! —Laureano gritó hasta desgarrarse la garganta, y cayó de espaldas al piso magullándose el costado contra una protuberancia en el suelo, al tiempo que la habitación volvía a ceñirse en la total oscuridad. Tanteó el suelo y encontró el elemento agresor: una manija. Casi sin esperanzas tiró de ella con todas sus fuerzas y se descorrió una diminuta portilla. Como pudo se deslizó a través de ella, desembocando en una escalera hacia un sótano; allí la oscuridad era aún mas espesa. Pero lo peor era el olor acre y pestilente, como si no hubiese corrido aire por allí en siglos; no pudo contenerse y vomitó.Comenzó a avanzar torpemente chocando contra un bulto pendiente. Gritó y corrió; otro bulto se impuso en su camino. Ocurrió lo mismo una y otra vez, como si se encontrase en un freezer de carnicero chocando contra decenas de osamentas colgadas, que oscilaban y volvían para golpearlo como sacos de boxear. Esta vez no hizo falta la luz intermitente de un relámpago para saber que eran cadáveres ahorcados. Comenzó a revisar los bolsillos en cada uno de los cuerpos buscando algo que lo ayude a escapar, y sólo encontraba billeteras, manojos de llaves y bolsas de tabaco. Juntó las llaves pero reparó en que solamente servían para abrir automóviles… Laureano se dejó caer de espaldas. “Seguramente se ahorcaron porque no encontraron escapatoria, el encierro los enloqueció. ¡Son conductores extraviados!” pensó, con varios llaveros en sus manos. “¡Como yo!”Afuera, el cielo se desveló de las nubes negras dejando al descubierto una luna que bañaba la construcción con una luz plateada. La tormenta cesó. Sólo hasta que otro conductor tenga la desdicha de perderse en la carretera.
10 years, 7 months ago
 

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